Héctor Herrera, 2024

El Funeral de la Naturaleza en Vida

El ser mitológico, una amalgama de escamas, plumas y raíces, yace en medio de un funeral donde la muerte ha sido desplazada por un pulso latente de transformación perpetua. Aquí, la naturaleza no se consuela con la desaparición, sino que se engarza en un ciclo incesante de regeneración. No es un final, sino un devenir constante, una partitura que se reescribe a sí misma en cada respiración, en cada gota que cae desde las hojas cargadas de rocío.

Hay cuerpos que persisten más allá de su forma original; huesos que resurgen de las profundidades de lo esculpido, cuernos que emergen de los confines de una piel artificial, sugiriendo una verdad oculta bajo capas del material utilizado para esculpir. Dentro de estos cuerpos reclinados, hay cavidades que guardan secretos más antiguos que el tiempo, donde el lo orgánico se mezcla con el oficio, un cráneo de borrego descansa, no muerto, sino silenciosamente observante. Su mirada ciega proyecta cuernos hacia el exterior, como raíces que se niegan a permanecer enterradas. En ese espacio cerrado, donde el interior se revela a través de lo translúcido, habitan panales de abejas, estos panales, abandonados, conservan en su arquitectura la huella del constante ir y venir, de aquellos ritmos de construcción y desgaste, como un vestigio del esfuerzo que tejió su propia supervivencia. El Fauno, no detiene ese tiempo; lo prolonga en un eco persistente, donde la ausencia de las abejas no impide sentir el peso de su existencia pasada, como si su actividad pudiera ser invocada a través del silencio mismo, testigos de vidas que alguna vez se alimentaron del sol y del trabajo colectivo, ahora suspendidas en una quietud que todavía vibra con la memoria de su zumbido.

Los torsos son recipientes de pájaros que no vuelan, atrapados en los confines de un momento eterno. Como si la escultura hubiese capturado un instante de vuelo y lo hubiese sellado dentro de las paredes de su propia estructura, los cuerpos emplumados se muestran en cápsulas de resina dentro del yeso, aún respirando su libertad pasada. Cada pájaro, incrustado en la carne pétrea de estos torsos, sugiere un eco que apenas se escucha, pero que se siente como una pulsación en el espacio. La sala, impregnada de un canto que no cesa, se convierte en un lugar donde los sonidos no provienen de los vivos, sino de la insistencia de lo que nunca muere del todo.

El suelo, húmedo y receptivo, recoge los cuerpos caídos solo para convertirlos en nutrientes, en materia nueva que empuja hacia la luz. Las raíces se retuercen alrededor de huesos antiguos, los envuelven como dedos amorosos que no sueltan su agarre. El musgo crece sobre el dorso del ser mitológico, y allí donde la piel ha comenzado a desintegrarse, nuevos brotes emergen, como si la carne muerta fuera el abono más fértil. Este funeral no es una despedida; es una bienvenida a lo que está por venir.

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